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José Ramón Álvarez-Barriada Fernández

El lugar al que se vuelve

Fernando Sánchez de Lamadrid Sicre

A José Ramón Álvarez-Barriada Fernández,
In memorian

Se muere como se vive. José Ramón Ál­varez-Barriada Fernández había vivido siempre de manera discreta y silenciosa; y así, con elegancia y sin ruido, nos dejó, casi por sorpresa, el pasado mes de mayo.

José Ramón había sido notario de Villaviciosa durante más de veinticinco años. Desde el año 2018 ejercía en Gijón, pero sus años en la Villa habían deja­do en él una huella imborrable. Fueron años muy felices y en los que hizo muchos amigos que luego supo mantener. Compartía con ellos mesa y mantel, y, en sobremesas interminables, cultivaba un arte en el que llegó a ser un maestro: el de la conversación inteligente y humilde al mismo tiempo. Charlar con José Ra­món era como detener el tiempo.

Pero el tiempo ha pasado. Vuelvo ahora a 2003, año en que tomé posesión como notario de Villaviciosa. En aquel momento, José Ramón era ya un vete­rano del lugar, pero, sin conocerme aún de nada, me acogió con una generosidad inmensa y de la que luego, durante nues­tros años de trabajo conjunto, fui testigo privilegiado. Recuerdo, por ejemplo, que el día que fui a ver la notaría acabamos los dos comiendo en Tazones. No sabía entonces que ese día estaba comenzan­do una relación profesional y de amistad que iba a durar veintiún años.

José Ramón acabó siendo para mí un hermano. Gracias a él pude conocer todas las peculiaridades de este hermo­so concejo y de todas sus parroquias rurales, que no son pocas. Era ese cono­cimiento profundo el que a José Ramón le permitía plasmar, en cada una de sus escrituras, la diversidad y belleza de los rincones más remotos de Villaviciosa.

Le gustaba el paisaje, pero, más que nada, el paisanaje. Su contacto con la gente era cercano y afable. Un detalle significativo: jamás miraba la hora cuan­do estaba atendiendo la consulta de un cliente, porque sabía que, en aquel asun­to, al cliente le iría la vida, y por eso ha­bía que buscar, devanándose los sesos, la respuesta jurídica más adecuada, prácti­ca y coherente. José Ramón tenía el don de hallar la solución sencilla y completa para los problemas intrincados. En eso también era un genio.

Siempre llevó en su corazón a la gen­te de la Villa. Y, como obras son amores, colaboró durante muchos años con la Fundación Miyar Somonte. Lo recordó D. Carlos, el párroco de Amandi, en la misa que se celebró en esa parroquia al mes de su fallecimiento. Qué emocio­nante fue ver esa iglesia tan bonita llena a rebosar de vecinos de Villaviciosa, y escuchar ese día el testimonio de tantos maliayos agradecidos.

Se muere como se vive. Y José Ramón jamás perdió su proverbial sentido del humor. Tenía un sinfín de anécdotas. Muchas veces, cuando ambos estábamos ya en Gijón, nos gustaba recordar a aquel cliente de la Villa que, para explicarnos que había una racha de muertes inespe­radas, razonaba así: “es que está murien­do gente que nunca murió”.
La Villa y su gente recorrían sus conversaciones. Considero que ese es un motivo más que suficiente para que ahora se le conceda a José Ramón Álva­rez-Barriada Fernández el título de hijo adoptivo de Villaviciosa, que fue para él ese lugar al que siempre se vuelve.